viernes, 11 de junio de 2010

Tragedia en tres actos

Segundo acto.

En las cimas de las montañas la nieve comenzaba a desaparecer, los arroyos bajaban al valle con la alegría propia de la nueva vida, los bosques brillaban luciendo su verde más hermoso, la primavera hacia su aparición.
Este paisaje idílico, hermoso sin lugar a dudas, cubría tímidamente la cruda realidad. Nuestro soñador manejaba con mano dura el país, aquellos que no compartían su doctrina tenían un destino seguro: la muerte. Los familiares de aquellos una pena mayor: el desconocimiento. Porque a veces, en plena noche, unos golpes sobresaltaban el sueño de los lugareños. Empujones, detenciones, silencio. El amanecer iluminaba la tapia manchada del cementerio y un montón de tierra removida señalaba el lugar. Nunca se volvía a saber de los detenidos. Nunca.
Las familias que revoloteaban alrededor del soñador gozaban de buena salud, económica y social, sus continuas reverencias y humillaciones, eran su moneda de cambio. Sin embargo, las gentes de a pie sufrían de hambre y frío en invierno. De hambre y calor en verano. De hambre y muerte al final.
Todo era poco para la futura dinastía real de nuestro soñador. Esa primavera gloriosa nacería el primer descendiente de su protegido, nuestro joven aspirante a rey. Sería un varón y entonces se cumpliría su sueño. Su nieta, su querida nieta nacida hacía apenas seis meses compartiría su vida con aquel niño y serían felices para siempre.
Sonreía nuestro soñador mientras saboreaba una copa de brandy sentado al lado de su maravillosa hoguera (las noches de abril aún eran frías) cuando uno de sus servidores vino a darle la noticia.
¿Había nacido ya? Sí, ya había nacido. El silencio del sirviente le irritaba por momentos. Había nacido, sí, pero no era un varón. Era una niña.
La copa de brandy saltó en mil pedazos cuando se estrelló en el lateral de la chimenea.
El mismo fue a la casa de su protegido a comprobar si aquello era cierto. Así era, su primogénito no era tal, era primogénita. Su sueño se desbarataba por momentos.
No fue ese su único problema.
En la celebración del primer aniversario de su queridísima nieta recibió una carta que venía del país vecino. Era el padre de su protegido, que le enviaba junto a la carta un documento de aspecto legal en el que aseguraba que era él y no su hijo el que debía reinar en ese país. ¿Qué pretendía aquel loco? Había protegido a su hijo porque podía manejarle a su antojo, pero aquello era el colmo. No había nada de real en un pastor de ovejas. Dijese lo que dijese aquel documento.
Nuestro soñador comenzó a arrepentirse de su decisión.
Al cabo de una hora de recibir aquella misiva, apareció su secretario con una carpeta llena de documentos. Eran las conclusiones de los juicios que se habían celebrado aquel día. Tres rebeldes, seis personas sospechosas de rebeldía y la mujer del último rebelde que escapó y aún no habían encontrado.
A nuestro soñador no le tembló el pulso cuando firmó diez sentencias de pena de muerte.
Continuará...

2 comentarios:

Pablo D. dijo...

Parece que las cosas le empiezan a ir un poco mal a nuestro particular soñador...

Como es habitual en estos personajes, todos sus problemas y frustraciones las pagan con los demás. En este caso firmando las sentencias de muerte de diez inocentes...

Muy buena segunda parte, Mila.

Un saludo!

P.D: Por cierto, muy bonito el nuevo aspecto del blog!

Mila dijo...

Gracias Pablo. Aunque creo que me he metido en un berenjenal y la tragedia en tres actos va a dar para algo más, pero bueno, intentaré no extenderme mucho.
En cuanto al blog, creo que expresa libertad, no se, al menos así lo veo yo.
Un saludo.